La adolescencia representa una fase vital de transformación, no solo en el ámbito hormonal y emocional, sino también en la compleja interacción que los jóvenes establecen con su propia imagen corporal y con la comida. En este período vulnerable, el entorno adulto juega un papel crucial, influyendo significativamente en la construcción de esta relación. Es fundamental comprender cómo la denominada “cultura de la dieta”, omnipresente en la sociedad actual y amplificada por las redes sociales, moldea las percepciones y comportamientos alimentarios de los adolescentes, planteando riesgos como el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) si no se aborda con una perspectiva consciente y empática por parte de padres y educadores.
Una profesora de tercer año de educación secundaria, consciente de esta realidad, expresó su inquietud sobre cómo dialogar con sus alumnos acerca de la nutrición. La nutricionista Sofía Giaquinta, reconocida por su enfoque en este campo, subraya la delicadeza de la situación: el cuerpo de los adolescentes experimenta constantes metamorfosis, la presión estética en las plataformas digitales es abrumadora y la comparación con imágenes idealizadas es una constante. Todo esto incrementa la probabilidad de que los jóvenes desarrollen una relación disfuncional con la comida. Ante este panorama, tanto el personal docente como las familias deben reflexionar profundamente sobre la manera en que se comunican acerca de la alimentación con los adolescentes.
Durante la adolescencia, el cuerpo experimenta cambios rápidos y significativos. La aparición de nuevas formas, el incremento de la masa muscular y las alteraciones en la composición corporal ocurren bajo el escrutinio incesante de las redes sociales, donde predominan estándares de belleza poco realistas, imágenes filtradas y prototipos inalcanzables. Giaquinta enfatiza que “la forma en que se aborda el tema es de suma importancia”. No es lo mismo educar sobre nutrición desde una óptica de control y vigilancia que hacerlo desde el cuidado y la contextualización. La nutricionista sugiere empezar por lo básico, como enseñar qué es un trastorno de conducta alimentaria, el saludismo, la gordofobia, la cultura de la dieta y la ortorexia (la obsesión por la comida saludable). La capacidad de nombrar y definir estos conceptos es crucial para que los jóvenes puedan identificarlos, especialmente en un contexto donde la cultura de la dieta a menudo se disfraza de “vida sana”. Diferenciar entre lo que es realmente saludable y lo que raya en la obsesión es un paso fundamental. Además, advierte contra el uso de frases como “hay que controlar lo que comes” o “hay que quemar las calorías”, ya que estas expresiones, aunque inocentes en apariencia, pueden transmitir el peligroso mensaje de que comer es una actividad que debe ser constantemente monitoreada y compensada. En vez de centrarse en contar calorías, pesar alimentos o utilizar aplicaciones de control, lo cual puede fomentar la hipervigilancia, es más constructivo explicar que cada cuerpo tiene necesidades energéticas únicas, que varían con el crecimiento, la actividad física, el sueño, el estrés y el momento vital de cada persona.
La alimentación debe ir más allá de la mera ingesta de nutrientes; es también un acto de disfrute y socialización. Es crucial transmitir a los adolescentes que la comida no solo provee la energía necesaria para las funciones básicas del cuerpo, sino que también es una fuente de placer y un vehículo para el encuentro social y la celebración. Reducir la comida a cifras o macromoléculas empobrece esta experiencia y priva a las personas de momentos valiosos. El objetivo no es que los adolescentes sigan una “dieta perfecta” según estándares rígidos de salud, sino que desarrollen una capacidad de pensamiento crítico sobre la relación que desean establecer con la comida a largo plazo. Esto implica cuestionar la publicidad, los mitos de internet y la presión estética que nuestra sociedad ha normalizado. La relación con la comida no se construye solo en la mesa, sino en cada conversación, en cada mirada y en cada comentario dentro del hogar, influyendo en la adolescencia de maneras más profundas de lo que a menudo imaginamos.